Desde que murió mi padre mi madre no puede dormir. Nunca ha tenido un buen dormir, supongo que salir a regar las huertas desde los cuatro años a las tres de la madrugada le debió alterar el sueño de manera crónica.
Algunas personas le recomendarón que fuese al médico. La mujer así lo hizo, la medica de cabecera le dio un volante para el psiquiatra. La pobre mujer acudió a la cita, y no había abierto la boca, cuando el médico le extendía varias recetas y la despachaba.
El día del tanatorio, la tanatosala parecía más bien una narcosala, yo no salia de mi asombro cuando veía a mis tías y mi hermana sacar con una facilidad realmente increible lexatín, prozac, valium, orfidal, diazepán, estaban empeñadas en que mi madre se atiborrase de esas cosas, y a la vez ellas mismas se tomaban un comprimido de las pastillas que ofrecian.
No entiendo esta sociedad. Sabía que nos habían engañado, que teniamos que ser eternamente jovenes, delgados y guapos. Lo que yo no sábía es que además tenemos que aparentar ser permanentemente felices.
Si estas hecho polvo te tomas una pasti, legal por supuesto, pero droga al fin y al cabo.
Cuando mi madre regreso del medico, sin decir palabra se dirigió al cubo de la basura y tiró todas la recetas. Me miró y dijo una de las frases más lúcidas que he oido en los últimos años.
- No estoy enferma, lo que tengo no es una enfermedad metal que logicamente se curaría con pastillas. Lo que tengo es una inmensa pena por que he perdido de golpe y sin esperarlo al amor de mi vida con el que llevaba 47 años.
Me quedé tiesa, que verdad tan grande, tan cruel y tan madura.
No sé cual es la razón para el proceder de esta sociedad, ¿incomoda tanto ver un duelo? (es eso lo que tiene mi madre) ¿hay que barrer el dolor debajo de un felpudo, que no se vea para no desmontar el tinglado?
A mi madre, por su coraje, por su sabiduría y por que no puedo restituirle lo que más echa en falta.
